No he querido saber, pero he sabido

Dedico esta primera entrada de mi blog a Enrique –humanista, intelectual, inteligente, pensador y querido abuelo– gracias a quien, entre tantas otras cosas, me convertí, a una edad muy temprana, en una ávida lectora, apasionada de las letras y los idiomas, y descubrí a Javier Marías, mucho antes de que supiera que quería ser traductora.

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«No he querido saber, pero he sabido…» Así comienza Corazón tan blanco, la séptima novela del consagrado Marías. Su narrador, traductor e intérprete de profesión, acostumbrado por ello a escuchar y a interpretarlo todo –hasta los gestos, hasta lo que no se dice– es conocedor del esplendor pero, sobre todo, de la miseria del mundo de la traducción, recordando a Ortega y Gasset. Un hombre que prefiere no saber, consciente de lo peligroso que resulta a veces escuchar y de que, una vez oídas las cosas, ya no pueden olvidarse.

Al contrario que su protagonista, con la perspectiva que proporciona el transcurrir del tiempo, echando la vista atrás hacia el pasado, yo, también traductora e intérprete de profesión, puedo ahora decir que «he querido saber, y he sabido» y, más allá del tiempo transcurrido, «quiero saber, y sé», «querré saber y sabré».

Pues es ahí donde reside el esplendor de la traducción, esplendor anhelado, esplendor esperado. Como toda tarea, fascinante y compleja, la traducción es un aprendizaje que no termina nunca. Cada obra maestra, cada gran libro, cada documento, independientemente de la temática que abarque, es infinito en su traducción, aun para el más experimentado de los traductores.

Después de siete años dedicados profesionalmente a esta tarea que me apasiona, tanto o más que la enseñanza de idiomas, me siento ahora un poco menos insegura, pero de continuo –y lo digo sin un ápice de falsa modestia– observo mis limitaciones y, armada de humildad, paciencia y valor, me lanzo en busca de la traducción “perfecta” con la alegría, audacia y avidez de un descubridor, pero, sobre todo, con entusiasmo y pasión. Pasión por la profesión. Por las palabras.

A diferencia del intérprete que tiene que elegir y decidir de manera simultánea entre las diferentes soluciones que se le presentan, el traductor puede ir moldeando y puliendo su texto, variándolo hasta el infinito, convirtiendo así la traducción en una tarea interminable. Siempre a la caza de la palabra “exacta”, del término que exprese mejor lo evocado en la lengua de origen. Solo cuando estoy del todo satisfecha con el resultado, cuando me convenzo de que, en ese momento y tras múltiples revisiones, no puede añadirse nada a la traducción, la doy por terminada. Me invade entonces una sensación indescriptible de satisfacción ante la culminación de la tarea –como al pintor ante el lienzo firmado– y leyendo el texto traducido en la pantalla del ordenador, advierto que no queda ya rastro del original; es decir, que éste resulta irreconocible.

Esa es la mayor recompensa de la traducción.

En tu memoria, Enrique.

Publicado en: Traducción

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